Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Un águila va cayendo en picado hacia el suelo y topa de bruces con él; no muere, pero está en la cuerda floja y se debate entre la vida y la muerte. La vida, si sabe que puede recuperarse del duro golpe, si tiene la fe suficiente como para levantarse y sanar sus heridas y comenzar de nuevo, tomando el error como lección futura; o la muerte, bien temprana si no tiene fe en salir adelante, o bien algo tarde pero igualmente temprana si no enmienda los errores que le han llevado a esta dramática y terrible situación.
Puede volver a nacer, a vivir, o puede resignarse a morir. Para ello, para renacer de sus cenizas, la fortaleza del águila tiene que ser decisiva en un determinado momento, momento éste que lo por la trascendencia que tiene le insufle el ánimo suficiente como para mantener esa fortaleza por un periodo de tiempo, un periodo de tiempo suficiente como para consolidar esa fortaleza y hacer, de esa puntual fortaleza que se ceñía a situaciones muy concretas y aisladas, una virtud inquebrantable, definitoria de su carácter y voluntad...