Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
El hombre de la mirada ida es un ser trastornado, un hombre cuya única maldición es no saber ser amado. A menudo, los viandantes del lugar, solían burlarse de su excéntrica personalidad. Acostumbraba a pasear solamente en las mañanas de espesa niebla, como satánico ritual, para así pasar desapercibido, entre las gentes del lugar.
En lo más profundo de ciertas noches, podía escucharse un alarido desgarrador; nadie sabía de dónde provenía, pero decían: "es el hombre de mirada perdida".
Una vez al mes, puntual como un reloj, alguien juraba haberlo visto sentado en un banco destartalado, con un minúsculo cuaderno en sus huesudas manos. De por vida estaba condenado, a escribir lo que quería sentir y no sentía, y a desear un manantial de lágrimas en un corazón en sequía. Decían las malas lenguas, del hombre trastornado, que tenía el corazón seco por nunca haber amado.