Nunca descarto ni quiero descartar la posibilidad de que aún, en algún lugar no necesariamente recóndito, exista algún lobo solitario que se rija por sus propias reglas; individuos que viven dentro de los márgenes de la sociedad pero al margen de ella. Tipos que, aunque contaminados por la ponzoña de los convencionalismos, no cejan en su empeño de inventar sus propios remedios terapéuticos, remedios con los que, día a día, aplacar el efecto narcótico y nocivo de las drogas que continuamente les suministran. Drogas de incógnito. Drogas que se esconden tras atuendos vulgares, de apariencia inofensiva, con los que pretenden pasar desapercibidas, para así, subrepticiamente, inyectar ese dulce y deletéreo anestésico que nos duerme, que aniquila a cuenta gotas esa individualidad soberana que escondemos, y que, cada vez más, se ve cautiva en una cárcel ajena.
En realidad nunca he descartado esa posibilidad. Sé de estos lobos solitarios que les gusta degustar la vida con su propia escala de sabores, pues es su paladar lo que les diferencia del resto. Un paladar que no percibe las cosas como los demás dicen que hay que percibirlas, sino que simplemente se deleitan con los sabores, sin discriminar entre ellos. Se trata de saborear, dicen, no de calificar los sabores; algo es dulce, amargo, salado, ácido, pero no por tener un sabor determinado sabe bien o mal. La escala no es "sabe bien" o "sabe mal"; es "sabe" o "no sabe". Pero eso, precisamente, es algo que no se sabe. Pocos lo entienden. Y es que los lobos solitarios antes prefieren un sabor amargo, bien cargado de acíbar, que una indiferente taza llena de insipidez. Sorben cada fría gota de amargo acíbar y la saborean hasta la última, pues de entre todos los sabores, el amargo suele ser el predilecto para los lobos solitarios por su simbolismo, es el sabor con el que se indentifican y el que los diferencia del resto. Es por esto que a menudo reciben miradas hostiles y de incomprensión, pues por todos los paladares vulgares es sabido que lo amargo sabe mal y disgusta al espíritu. Sin embargo, como sabemos todos los lobos, lo que no saben es que lo que sabe no sabe ni bien ni mal, simplemente sabe.