Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
"Tengo que"...el lema
de mi vida. El rígido y para nada flexible lema de mi vida. Voluntad autoritaria la mía, estricta y rigurosa, cruel, despótica; acerbidad extremada. Voluntad que flagela cuando estima oportuno, sea por causa inane o no; el caso, me mortifica, me hace víctima, como si así, por medio de sus fríos latigazos de intención redentora, pudiera aliviarme, como si cada oportunidad que se presentase, cada buena nueva, pasase y canalizase en su látigo en forma de amenaza, de forma que lo bueno se presenta como potencial medio de sacrificio con que poder eximirme de la culpa que alimenta el devastador remordimiento de mi egoísta alma.
Además, mi "Tengo que", ese "Tengo que" mata a mi "Quiero", que fenece, y que, si no lo hace, si no muere, al menos si se empozoña de la acechante y recriminadora mirada del "Tengo que". Mirada ésta que no deja que mi "Quiero" sea satisfactorio y que, por lo tanto, pierda fuerza, se consuma, consumiéndome a mí en pesaroso y tétrico acíbar.