Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
...dormir, dormir...mejor soñar, soñar durmiendo. Con el soñar le entran a uno ganas de vivir; con el vivir, paradójicamente, ganas de morir. Pero sin vivir no hay soñar, sin soñar no hay ganas de vivir y sin ganas de vivir...¿acaso no hay verdadera vida sin ganas de vivir? ¿no es lo mismo un muerto con ganas de vivir que un vivo con ganas de morir? Efectivamente no es lo mismo, al menos el vivo, por estarlo, está en potencia de anhelar con frenesí el vivir, pero el muerto, por estar como está, no puede desear nada, no está en potencia de ser nada, como mucho una masa informe de podredumbre; sólo es materia putrefacta, carece de aquella parte inmaterial, intangible que desprende deseo, anhelo, esperanza, amor... Pero en el caso del vivo, éste es sostenido por los pilares de lo mental y de lo físico. Si uno, sobre todo el psíquico, va a menos de manera desproporcionada y desequilibrada, acaba por descargar todo el peso vital sobre el otro que, finalmente, cada vez con una carga mayor, incapaz de dar un paso más, encontrándose ya exhausto, exánime, termina por desmoronarse, arrastrando consigo lo poco que quedaba precariamente sano, feneciendo no sólo las dos fundamentales extremidades, sino lo que ambas sostenían, que no era otra cosa que una vida que no quería vivir.