Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Retumbaba persistentemente por mi cabeza aquella canción, aquella canción con sabor veraniego, que me inspiraba a un día perdido de entre los tantos días despreocupados de las vacaciones de verano. Con el suave y arrullador sonido del oleaje de fondo, con la arena en contacto con mi cuerpo, con la luna en lo más alto, y conmigo mismo tumbado en el suelo, mirando las estrellas, me venía su simpático estribillo a la mente.
Y la canción, además de ese paladar veraniego que me sugería, flotando entre sus letras, entre su melodía, se encontraba y cobraba forma quien encarnaba su esencia. Y es que la esencia de la canción, lo que para mí había detrás de toda ella, era una amalgama de sensaciones, pero sensaciones que por sintentizarlas se resumían y plasmaban en una estampa, una estampa cuyo telón de fondo era aquella joven tarde de verano pero en la que, sin saberlo ella, era su sonrisa la ocupaba toda mi atención, aquella sonrisa que despertó en mí lo que despertó.