Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
No hay duda de que durante aquel trecho del caminar de mi vida gozaba de entera entereza, de una flaca flaqueza. Las cosas como son, me sentía fuerte, y lejanas quedaban ya aquellas temporadas transitorias en que me encontraba en mis horas bajas, como melancólico y pusilánime, cual guiñapo al que zarandear y apalear. Ahora, por el contrario, era un muro de piedra altivo, al que si se le asestaba un puñetazo mal dado podía acabar uno perjudicado; estaba firme en mis ideas, seguro de mí mismo, con fuerzas renovadas y, además, todo hay que decirlo, con inquietudes, quién sabe si devaneos, si distracciones pasajeras, pero en cualquier caso, me sentía cómodo, cómodo y satisfecho conmigo mismo.