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Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.

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Intoxicación social.

 

Quizás sea el resentimiento que me acompaña y corroe el alma, pero lo cierto es que las cosas pasan y no tienen valor por sí, no tienen valor, ningún valor, el valor se lo atribuimos nosotros. ¿Destino? no; llamemos las cosas por su nombre, casualidad. Tenemos la necesidad de montarnos películas fantásticas, llenas de flores y parafernalias amorosas repulsivas de las que producen arcadas. Al final, producto de todo lo que vemos, llegan a nosotros unas ideas que hacemos nuestras, que hacemos parecer reales y que acaban arraigando con firmeza en nuestra maleable mente. Creemos que una acción cualquiera, por mera asociación subjetiva significa algo, por ejemplo... me choco con una muchacha despampanante y, cómo no, se le cae el rimero de papeles, porque, como es evidente, no los lleva dentro de una carpeta firmemente agarrada,no, tiene que tener la mano tonta la muchacha y caérsele todo el papel por ahí y desperdigarse; tras esto, uno se agacha a ayudar a la recolección de folios y, mira tú por donde, qué cosas, las manos de la muchacha y el muchachote se tocan; el primer pensamiento que le viene al iluso intoxicado por el romanticismo no es otro que el de decir " es ella", ¿es ella? ¡Eres tú, que estás carajote perdido, a ver si no andamos tan torpones por la mañana atropellando a mujeres de turgente delantera, que uno puede llegar pensar que eres un salido que lo hace a propósito!

 

Esas ridiculeces que se propagan y asientan en nuestra sesera son una gran mentira, no nos la creemos pero, claro, si uno insiste e insiste y se obstina en creérselo...¿qué ocurre? pues que se lo cree, sí, que se lo cree, porque cuando uno se pone cabezón... Pero lo cierto es que no es más que un inmenso y pernicioso autoengaño, realmente se engaña uno, quiere sentirse como el personaje de esa novela, de esa película terriblemente falsa y cándida, irreal. Es por ello que hay que olvidarse de todas esas chorradas sentimentales y hacer lo que uno tiene que hacer, no eludir la realidad y no vivir en un mundo de sueños risueños, en una mentira que no lleva si no a envenenarse paulatina pero ferozmente y a hacer una bola cada vez mayor de la que es difícil, llegados ya a un punto, de deshacerse.

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