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Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.

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Gotas.

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La vida es como una lluvia permanente, y sus gotas, que se precipitan al suelo y lo humedecen  para luego secarse y evaporarse, quedando en el olvido, son los acontecimientos que van y vienen. Esas gotas, a menudo, nos resbalan, no permean, deslizándose por la superficie de nuestro chubasquero; otras veces, las menos, hay alguna que otra gota que logra penetrar esa barrera externa, y cuando lo hace, sentimos cómo recorre suavemente nuestra piel; en cambio, rara es la vez que una gota nos cala hasta los huesos y, traspasando la piel, alcanza a lo palpitante de nuestras profundas entrañas, pudiendo humedecernos en la melancolía o bien refrescarnos en la alegría, según el efecto que la gota produzca en nosotros.

 

La vida es un baile de acontecimientos, unas veces con un ritmo vivo y acelerado, otras con un paso lento y calmado. Durante largos períodos de tiempo pareciera que nada de interés ocurre, la inexorable y arrolladora monotonía acomoda su orondo trasero en su trono de tiranía y, con ademán despótico, apaga toda ascua de vitalidad para dibujar en su lugar una atmósfera gris y densa, pesada y viciada; es entonces cuando le embarga a uno la desidia, la apatía, la laxitud, la desgana por todo y las ganas por nada. Estas épocas pasan por nuestra vida como lo hace una carretera en un trayecto, fugaz, sin detalle, difusa, sin dejar huella en nosotros. En estos trechos de la vida, la rutina diaria nos absorbe por completo, y entonces, vivimos hacia afuera, vivimos fuera de nosotros mismos, como autómatas, viendo lo que sucede en nuestras propias carnes como si le ocurriese a un extraño, como si dejáramos de ser nosotros mismos para pasar a ser un mero guiñapo destartalado que la corriente de la rutina arrastra a su antojo de uno a otro lado, como si dejarámos de ser plenamente conscientes de que vivimos, como si dejaramos de sentir y nuestro corazón terminara por secarse.

 

Con un panorama tan desolador, no queda otra que pisar el suelo con firmeza y agarrarse a todo cuanto esté a nuestro alcance para no vernos arrastrados por la corriente de la rutina, que no hace más que aniquilar a cuenta gotas nuestra vida interior. Por eso, no vivir a hacia fuera, sino hacia dentro; no salir uno fuera de sí para ver lo que hay fuera, sino aspirar lo externo e interiorizarlo, respirarlo. Es cuando permanecemos dentro de nosotros mismos cuando verdaderamente vivimos, cuando verdaderamente somos conscientes de nosotros mismos y de lo que nos rodea, de que sentimos. Pero, pese a todo intento obstinado por evitarlo, lo común y ordinario es que la rutina le fagocite a uno y no a la inversa.

 

No obstante, cuando menos lo espera uno, aparece la magia, pues más de una vez ocurre algo imprevisto,algo que, de improviso, rompe esa sequía del corazón: momentos en los que toda una amalgama de sentimientos y emociones se concentran y agolpan en tropel y, aunque efímero el instante, apenas un chispazo, es tal el vigor con que irrumpe y el entusiasmo con que lo acogemos en nuestra alma, que ese instante, fugaz, ya inolvidable, se graba a fuego en nuestra retina.

 

Al contrario de lo que ocurría con aquellos largos períodos grises de vacío y monotonía, en los que la mente, marchita y apagada, apenas era capaz de retener alguno de los acontecimientos que en ellos tuvieran lugar, esos instantes fugaces pero intensos logran dejar en nosotros su impronta indeleble, pues no se limitan a rozar, ni tan siquiera a pellizcar levemente nuestra superficie vital, la piel de nuestra vida, sino que, por el contrario, penetra la piel y la atraviesa hondo, y una vez hecho, ese comprimido revoltijo de sentimientos y emociones que rodean ese instante alcanzan las entrañas de nuestra vida, lo más profundo de ella, que es nuestro recóndito corazón palpitante, que recobra su energía y bombea, bombea ganas de vivir.

 

 

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