Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
No voy a ser yo, ni muchos menos, quien defienda el engaño, la mentira, en definitiva, la total carencia de principios y valores, ¡Dios me libre! Ahora bien, tampoco seré yo quien repudie la doblez y el disimulo, pues, como digo, no reprobaré, salvo que se crucen ciertas líneas rojas, ni ese arte por el que se da entender lo contrario de lo que se siente, ni tampoco aquella habilidad con que se oculta lo que se sabe. Apenas basta que apunte esto muy superficialmente, que lo esboce, para que, como un torbellino y de sopetón, me venga escandalizado el santurrón de turno, el típico hipócrita teatrero, muy metido en su papel, que finge tener escrúpulos y te suelta su sarta de pamplinas sermoneras. A este moralista de poca monta mejor quitárselo de un plumazo, rapidito y con desdén encubierto, pero ante todo con estilo, sutil, elegante. Aclarado este asunto, procuraré no volver a irme por las ramas, pero lo necesitaba, necesitaba despotricar; tiene fines terapéuticos.
Como venía diciendo, hoy día hay que ser astuto, sagaz, si no lo haces, los fieros depredadores de la jungla urbana te devorarán sin compasión y, no te confíes, pues aun cuando el ataque depredatorio se reduzca a un simple mordisco, no creas que has salido airoso, no; que no te quepa la menor duda que en el cielo, revoloteando sobre tu cabeza en círculos, esperan famélicas y ansiosas las aves de rapiña, como si fueras un montón de carroña, de carne corrompida lista para ser ingerida. Por todo ello a uno no le queda otra que estar ojo avizor, ser suspicaz hasta el punto de no fiarse ni de su sombra y, cómo no, actuar a base de mucho artificio y maquinación sesuda. Y para ello hay que estar con los ojos bien abiertos y con la mente despierta.
Cresta Pendenciera