Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
¿Ese instante haría cambiarlo todo? No, no cambiaría nada, seguiría viviendo de la misma forma por fuera, pero no de la misma forma por dentro; el espíritu sería otro nuevo, ahora henchido de alegría. Sólo ese instante valdría toda una vida. Con sólo ese instante mi vida estaría más que justificada, tendría una finalidad, cobraría sentido. Quizás sea una idea poética, y por ello inalcanzable, algo imaginario, ficticio. Pero una vez que está tan fuertemente arraigado en mi ser esa idea, esa persistente y plúmbea idea que siempre me acompaña, la única forma de que mi vida no siga transitando por los lúgubres derroteros por los que lo hace es haciéndome con esa idea, y haciéndome con ella, hacerla realidad. Ese instante puro, fugaz pero con valor etéreo, sin atisbo de duda de la sinceridad que lo rodea, vale por toda una vida; con ese instante puedo despojarme de la desazón crónica y amarga, colmada de acíbar, concomitante en mí. Si vivo, si persisto, es porque aún tengo la esperanza de que ese instante se produzca, de que ese instante alumbre mi vida, la cual, ahora, sin embargo, permanece apagada, sumida en las tinieblas.