Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Donde coinciden las postrimerías de un destino agónico con el comienzo de un estado de paz, de ataraxia; cuando se apaga paulatina y tenuemente tu luz, cuando todo se difumina, se apaga, oscurece...No quedan fuerzas, te invade una tranquilidad y sosiego dulces, no hay preocupación; nada te preocupa, nada te ocupa. Una deleitosa laxitud se apodera sosegada y suavemente de ti, poco a poco te embarga una alegría y felicidad narcótica, poco a poco pierdes conciencia, de todo, de ti mismo, de racionalidad, de todo pensamiento; sólo sientes, es un efímero pero aparente eterno fluir de sensaciones. Es un estado anónimo, es una felicidad anónima...