Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
A pesar de la aparente vida alegre y despreocupada que se supondría de un niño, Félix, por su carácter irresoluto y sensible, no tuvo una infancia como la mayoría de los niños de su edad. En muchas ocasiones, lo que para cualquier niño no suponía amenaza alguna, para Félix era todo un problema, un inmenso y terrorífico monstruo que pululaba por su cabecita y no le dejaba disfrutar de lo típico de su edad. Todo se le hacía un mundo.
Félix iba y volvía al colegio en autobús, pues aquél se encontraba en medio del campo, lejos de la ciudad. Así, muestra de sus pequeñas pero atroces neuras, Félix sufría en exceso por el simple hecho de no salir a tiempo de la última clase, temiendo, absurdamente, que el autobús partiera sin él, quedándose allí, solo. Su padecer era tal que en la última hora antes de salir no paraba de mirar el reloj de la pared, pensando en todas las posibildades, pensando en qué podría ocurrir. Esto, un día tras otro. Sin embargo, esta neura y otras más no arraigaron, pues uno crece y cuando crece se da cuenta de cosas que, aunque en su momento tenían sentido, realmente no lo tienen cuando se observa desde una perspectiva madura; a esto hay que sumar el hecho de que era un niño, etapa en la no se es todavía del todo consciente y se sobredimesionan ciertos asuntos.
A medida que crecía iba conformando su carácter, consolidando virtudes, afianzando defectos...pasó de Primaria a Secundaria, etapa ésta de transición, de la infantil a la madura. Aunque más bien una madurez incipiente, sobre todo si se ponía en una balanza la madurez de una niña de su edad con la de un compañero suyo de curso ¿cuál pesaba más? Evidente. Por supuesto que cada uno en su individualidad puede madurar por circunstancias de la vida, por lo general duras, pero lo cierto era que en ninguno de los casos de aquellos niños era así, ni en el caso de Félix ni el de ninguno de sus compañeros.
Aunque en aquellas edades un chico de su edad empezaría a quedar con sus condiscípulos para todo lo relativo al ocio, que si pelicula en el cine, que si partido de fútbol, que si tonteo con las niñas, que si empezamos a beber...Lo cierto es que a Félix no le hacía gracia. Mientras sus compañeros de clase descubrían, se abrían, se relacionaban, Félix se quedaba en su casa leyendo, dibujando, viajando de aquí para allá con sus padres. Este hecho, así como su manera de ser introvertida, le supondrían más adelante un hándicap a la hora de relacionarse, sobre todo con "las féminas", como a él le gustaba llamar a las chicas. Quizá fue por la combinación de dos elementos. El primero, que Félix volvía a su casa todos los días sobre el crepúsculo y, puesto que su colegio no era mixto, sus clases solo estaban habitadas por varones, clases que, como alguno decía, olían a "tigretón"; de tal manera que durante sus doce años de vida escolar no convivió con ninguna "fémina". Y el segundo: sus amistades se reducían a las del colegio, no solía salir con sus amigos y, si lo hacía, era solo con eso, con amigos, en masculino. Esta suma de circunstancias daban lugar a que cuando conocía a alguna niña se cohibiera más de lo habitual, pensaba: "seguro que la cago, mejor calladito, que estoy más guapo". Por supuesto, esta dinámica, al no modificarse ni rectificarse, se iba consolidando, afianzándose conforme se iba desarrollando como hombre, de tal forma que sus relaciones seguirían siendo frustrantes a lo largo de su etapa adolescente y posterior.