Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Si había un día del que se acordaba con todo detalle de todos los que allí pasó, ése era sin duda su último día de colegio, tanto por su cercanía en el tiempo como por lo que ello significaba. Era un caluroso día de verano, aunque la mañana refrescaba. Salía de casa e iba directo, como un autómata, hacia la parada, para coger su autobús. Sería la última vez que se subiría para dirigirse al colegio.
Félix observaba desde el cristal del autobús todo lo que en un día normal por la mañana vería, que si esta chavala se ha puesto una falda un tanto provocativa, que si ese hombre ha presenciado demasiado cerca una pequeña trifulca entre su bicicleta y aquel árbol, que si cada vez hay más asiáticos...Aquel día veía todo distinto, ya sentía nostalgia por la que, a partir de entonces, iba a ser su antigua rutina. Sin embargo, no estaba taciturno por eso, sino porque su vida, que hasta entonces había transitado por monótonos y seguros derroteros, iba a cambiar de rumbo. Sentía cierta incertidumbre, pero tenía claro qué había que hacer.
Antes de llegar al colegio, el autobús pasaba por una carretera en malas condiciones, tortuosa y estrecha, flanqueada a un lado por un ajado y casi derruido cuartel, y por otro, por un embalse, casi siempre deficiente en agua. Este angosto camino siempre se encontraba en penumbra, bañado por la sombra que le proporcionaba la alameda de árboles que habían a uno y a otro lado del mismo; era tan estrecha aquella ruta que las ramas y hojas de aquellos árboles rozaban y chirriaban con el cristal del autobús. Ese pequeño detalle le resultaba -extrañamente- relajante, era especial, y más aquel día, su último día.
Vislumbrándose ya a lo lejos todo el entramado escolar, bañado por la deslumbrante luz matinal, Félix miraba detenidamente, ensimismado, el campo, el extenso y verde campo, salpicado en aquella época por pictóricas manchas amarillas y violáceas; así como el tren que pasaba entre aquel verdor, siguiendo luego éste por debajo del diminuto puente que en ese mismo momento cruzaba el autobús. Tras bajar de éste, exhaló una bocanada de aire, la última que haría en aquel recinto.
Aquel fue un día en el que, dejando a un lado su protagonismo por ser el último, el absentismo fue la nota dominante. El detonante de la escasa asistencia de aquel día, al igual que el de sus precedentes, se debía a que aquellos días eran preparatorios para la prueba de accesoa a la universidad, pero no obligatorios. Este hecho hizo que fuera un día más mustio de lo habitual, sin embargo, Félix vivió aquel día con intensidad, valorando cada detalle por pequeño que fuera. De hecho, sentía cierto apego por su inodoro (aquél que utilizaba habitualmente, como si se asignaran los retretes), ensalzando su última micción, como si de un prodigio se tratase.
También sentiría cierta nostalgia por la coqueta plazoleta que se encontraba en la entrada y sobre cuyos bancos solía sentarse y reposar la comida que, allí mismo, en el comedor del colegio, ingería.
Ya de vuelta, también en su habitual medio de transporte escolar, Félix recordaba precisamente sus vivencias dentro de aquel rectángulo de cuatro ruedas. Le hacía gracia la jerarquía que allí tenía lugar. Los más pequeños, cómo no, se sentaban delante, más próximos al encargado de la ruta; así pues, automáticamente, a partir de ahí y sin asignación alguna, sabedores de cuál era su cometido en aquel estrecho recinto, cada uno se sentaba donde la madre convención mandaba. Era un acuerdo tácito entre todos los que "convivían" en el autobús. Los "mayores", como comúnmente se llamaba a todo aquel que fuera de mayor edad que tú, se situaban atrás,de esta forma, los de último curso, en los últimos asientos; tenía prestigio eso de sentarse ahí.
Félix, que había pasado por todos los escalones de aquella pirámide jerárquica, se encontraba en ese momento en la cúspide; dejaría su lugar a otro. Mientras los de primero de bachillerato comentaban su dominio en el autobús y en el colegio en el próximo curso, Félix recordaba las anodinas conversaciones que durante tantos años entablaban allí los alumnos, sobre todo los de su curso con los que, como era normal, más trato tenía. Sin embargo, tenía más la costumbre de mirar el paisaje, reflexionar, prefería eso antes que a hablar de asuntos tan peregrinos como sobre los allí se debatían: que si esta chica es un poco "abierta de mente", que si tu prima, que si tu hermana; que si se me ha escapado una flatulencia, que si un regüeldo sonoro por aquí, que si una carcajada desagradable por allá. A veces tenían lugar verdaderas conversaciones; conversaciones de un contenido intelectual y filosófico apabullante "No sé si comprarme un ipod o una blackberry, qué delima". Aunque lo intentaba por todos los medios, no podía evitar escuchar conversaciones que a veces resultaban excesivamente grotescas y burdas. Lo cierto es que a veces, sin poder remediarlo, lograban arrancarle una sonrisa, aunque leve, una sonrisa.
Llegó a su casa, en concreto, y como durante los demás días de junio, sobre las 14:30. Nada más llegar soltó la mochila, más bien la tiró, y luego, tras entrar en su cuarto, se quitó el uniforme; lo hizo y le pareció como si se desprendiera no ya de una simple indumentaria -polo azul y pantalones grises- sino de una etapa de su vida, de la única etapa de su vida.