Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Aquel mes de mayo terminaron para Félix doce años de su vida. Ya dejaba aquel colegio en que pasó toda su infancia, toda su adolescencia y donde dio el comienzo a su vida adulta; donde descubrió, donde jugó, donde rió, donde lloró, donde aprendió, donde se constituyó...Sin embargo, la vida que allí desarrolló no podría considerarse real en sí misma, pues vivía en una burbuja; burbuja ésta que, algún día, al salir de allí, tendría que estallar. Cuando saliera de aquél, su segundo hogar, entraría en un extraño, desconocido y hostil terreno, y lo haría solo, y si no, al menos no tan arropado como acostumbraba en su monótona, cálida y entrañable vida escolar.
Su vida en aquel centro empezó a los seis años. En él recibió una educación basada en el respeto, pero, sobre todo, una enseñanza que pretendía, por decirlo de alguna forma, fabricar a verdaderas personas; personas que tuvieran inquietudes en la vida, que amasen al prójimo, honradas, en definitiva, personas con un espíritu probo.
Félix, chico algo retraído y apocado, era muy aplicado en los estudios, quizás no destacaba por su agudeza mental o inteligencia, por ello intentaba aprovechar al máximo una virtud que desde pequeño cultivó: la constancia. Y dio sus frutos, al menos en sus primeros años, pues sacaba unas calificaciones para nada desdeñables. Por lo general, por su manera de ser, humilde y pacífica, se granjeó la amistad ,o al menos el respeto, de la mayor parte de sus compañeros; también, pero en menor medida, el desdén por parte de otros muchos, producto muy probablemente de la envidia.