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Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.

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Calado hasta los huesos.

Durante el camino de vuelta a casa, cruzando las solitarias calles con nocturno telón de fondo y con paraguas en mano, calado de agua hasta los huesos, no pudo evitar que le asaltara con ímpetu ese soterrado y reprimido sentimiento, ese sentimiento que aunque aletargado, aunque encogido y agazapado en su corazón, seguía perviviendo, seguía siendo igual de intenso y apasionado, incondicional. Sin embargo, tras la última conversación en que se mentó su nombre, ese sentimiento comprimido y recogido sobre sí  mismo terminó por desplegarse y manifestarse ardorosamente con toda su fuerza, pero también con toda su amargura. Sin duda había decidido atar de pies y manos a esa esperanza que llegó un día a iluminar su caminar. La decidió dejar atada en uno de los árboles que se encontró en su andar para que de ese modo no continuara yendo tras él, pues, la esperanza, amordazada y abandonada en mitad del camino, dejaría de crearle crueles y falsas expectativas que no harían sino seguir entorpeciendo su caminar e impregnarlo de un persistente acíbar. Un amargor, un acíbar que era fruto de la incapacidad de mostrarse ante ella como él era verdaderamente, de no poder ser él el que consiguiera llenarla, de hacerla sentir plena, o de al menos compartir con ella aquello que ella misma derrochaba por los cuatro costados: Felicidad. Felicidad la suya que, como la lluvia, aunque tuviera paraguas, terminaba por salpicarle a él. Y ahora le continuaba salpicando, pero la lluvia. Y ahora seguía calado hasta los huesos, pero de ella. Pero ahora lo único que le quedaba era desearle lo mejor desde la distancia, desde el anonimato, desde su olvido hacia él y que, paulatino pero inexorable, algún día terminaría por consumarse. Porque, a diferencia de ella, lo que todos los días se le olvidaría a él sería olvidarla. lluvial.jpg

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