Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Más allá de las definición que tenga "perdón", lo cierto es que a mi juicio esta palabra en sí misma no vale nada. Es forma, no contenido. Porque cuando alguno actúa de determinada manera, y llegados a un punto siente culpa o malestar consigo mismo, aquí lo que se da es algo íntimo, personal, interno, y en mi caso, no sé para otro, algo verdadero que es el arrepentimiento. En cambio, el perdón no es más que el medio para canalizar el arrepentimiento,de ahí que diga que, en sí mismo, continente (perdón) sin contenido (el arrepentimiento), es un absurdo, bien que quede cortés o que convencionalmente se vea como mera norma de educación, pero si no lo vemos todo bajo ese prisma formal, no queda nada, ¿qué es el perdón sin arrepentimiento?. De tal forma, si nos detenemos en ello, exigir a alguien perdón cuando buscamos arrepentimiento, es un sinsentido. No sabemos qué ocurre dentro de una persona. Por tanto, por un lado, encontramos agrupadas: palabras, perdón, cuerpo (perceptible); y por otro, conciencia, arrepentimiento y espíritu (imperceptible). Las del segundo grupo, en este sentido, dan valor a las primeras. Y el problema aquí es claro: el medio es perceptible, pero lo que nos importa, el contenido, es imperceptible.
No niego que haya muchos "perdón" que, sentido en apariencia, lo sea también de fondo y que sea sincero, pero exigir el perdón de alguien que se niega a pedirlo es, cuanto menos, absurdo. Porque lo que sale de su boca son palabras, no sentimientos, pero sentimientos que en ese caso concreto, al rehusar la petición de perdón, sabe uno a la perfección cuáles son, de tal manera que aunque finalmente cediera y pronunciara la palabra "perdón", no habría en ellos un ápice de arrepentimiento.
En definitiva, está el perdón cortés, que dicho queda, es un simple convencionalismo, apariencia pura y dura. Si lo que buscamos es arrepentimiento, no hay que exigir perdón, pues, si de verdad hay arrepentimiento y éste es puro y sincero, vendrá tarde o temprano y, además, muy probablemente de la mano de su voz, el perdón.