Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
“Si reflexionaba un poco y tras esto me miraba a mí mismo, hacia dentro, me daba vergüenza de mí mismo. Había tenido una actitud pueril e infantil, absurda, de debilidad. Y no, no podía consentirlo, empezando por mí mismo, por mi orgullo, por mi estima, porque esa conducta hacía que me despreciara más de lo que hasta entonces hacía. No podía volver a ocurrir. Tenía que tener la entereza suficiente como para analizar la situación detenidamente, desmenuzando cada detalle para persuadirme de que mi actitud, además de estar perjudicándome, pues me hacía una pusilánime y ridícula víctima, estaba destruyendo y aniquilando esa voluntad, esa inconmensurable voluntad que siempre había estado alimentando y forjando con esfuerzo y tesón, que siempre me había caracterizado. Sobre todo en mi mocedad, en mi etapa más bisoña, pero no por ello menos grave en lo verdaderamente importante: llegar a ser uno mismo.
Una voluntad que rompía cualquier obstáculo, aunque éste le hubiera puesto más trabas de las que pensaba, aunque hubiera llegado por un momento a hincar las rodillas; una voluntad que avasallaba; una voluntad ciega, que, por ello, por no contar con una visión que le impusiera límites, se veía capaz de todo. Una voluntad que no se rendía, sino que rendía. Y esa voluntad, esa voluntad que antaño era todo fuerza, todo fe, en esa fatídica fase de podredumbre espiritual, fue menguando, fue amilanándose con las circunstancias, siendo absorbida paulatinamente, sin percatarse de ello, hasta el punto de apenas palparse a sí misma, de sentirse. Y era precisamente en esos instantes en los que verdaderamente debía tomar conciencia de sí misma, de su antigua fortaleza, vigor, sacrificio y, sobre todo, constancia; ésta última, su máxima virtud, su máxima sin más”.