Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Pero aquellos cálidos rayos de luz que emanaban de ese Sol radiante, preñado de felicidad, no es que iluminaran y recorrieran mi piel con mayor intensidad, con especial dedicación, sino que simplemente iluminaba a todo cuanto pasaba por su lado con la misma intensidad, con la misma fuerza. Yo no era nada más que otro de los afortunados, pero por otro lado, al mismo tiempo, desafortunado. No era más que un Sol generoso, un Sol despreocupado, alegre, un Sol que no hacía otra cosa que no fuera aquello que mejor sabía hacer. Y todo cuanto hacía, lo hacía únicamente a cambio de una cosa, de una sonrisa. Y no, no era equivocación, no era despiste, simplemente era la naturaleza que le era propia, y que no era otra que, la que como Sol, consistía en alumbrar, iluminar, irradiar vida, felicidad, ganas por vivir. Y este era el Sol, el Sol que calentaba con su inconfundible luz al gélido y pequeño estanque.