Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Aquel angosto tugurio, de aire viciado, estaba sumergido en una espesa oscuridad, también estaba repleto de humedades, así como de una mugre que se hacinaba con mayor ahínco en las esquinas. Cada cierto tiempo podía escucharse el leve chillido de alguna rata pasajera. Permamentemente, sin descanso, y penetrando incisivamente en lo más profundo del cráneo, se escuchaba martilleante el sonido de las gotas de agua que, una tras otra, se precipitaban del techo al suelo. Y por entre los resquicios de las piedras de aquel antro se filtraba una leve brisa de aire, un aire que helaba los huesos.
En medio de la estancia, como un guiñapo abandonado, recostado sobre la suciedad grasienta, se encontraba cautivo un hombre. Hombre éste que tiempo atrás había sido tomado prisionero por un secuestrador cuyo entretenimiento consistía, además de retener a personas en contra de su voluntad, en amedrentar e infundir terror. Sin embargo, una vez lo hubo hecho y se ensañó lo suficiente, decidió abandonar al hombre cautivo en aquel sitio infecto y de mala muerte. Lejos de poner obstáculos, el secuestrador, que recibía el sobrenombre de Odeim, una vez abandonó el lugar de tortura, no tomó precaución alguna para evitar la huida del hombre cautivo, tal fue así que las puertas de aquella mezquina prisión estaban abiertas de par en par. Pese a ello, el hombre cautivo no se inmutaba, y permanecía inmóvil entre aquellas cuatro paredes, agazapado en un rincón, asustado por el intenso haz de luz que ahora provenía de fuera. Parecía como si hubiera cogido afecto a aquellas cuatro paredes de podredumbre, como si aquellas cuatro paredes, pese a tener al alcance la salida a la vida exterior, le oprimiesen y atenazaran los músculos, como si aquellas cuatro paredes le agarrotaran las entrañas, como si le hubieran succionado hasta el último sorbo de energía, de vida, de espíritu.