Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
La vida no tiene un significado o sentido trascendente. Esta sentencia rotunda, categórica y sin paliativos, en caso de no ir acompañada de una guía vital para enderezar el crudo y descarnado camino que se abre en un mundo carente de toda esperanza, sumiría a todo hombre, con un mínimo de sensibilidad o inquietud, en un vacío existencial que conduciría en un primer momento a un estado de abatimiento y apatía, el cual, inexorablemente, terminaría por desembocar en destrucción.
Es trágico que la vida, la existencia humana, carezca de significado. Pero este problema estriba en nuestra creencia preconcebida de que tiene que haber alguna cosa, quizá divina, que explique nuestra existencia. Cuando uno se crea una falsa expectativa y se ve ésta defraudada, el problema no es la realidad, objetiva, que echa por tierra nuestra esperanza, el problema es precisamente la expectativa que hemos forjado, que es subjetiva e ilusoria. Pues bien, la existencia humana es objetiva, es real; por el contrario, el significado de la existencia humana es una expectativa, una esperanza, y como tal, subjetiva, ilusoria. Defraudada esta expectativa, de modo que la vida carece de sentido, la vida duele y conduce a la destrucción de uno mismo
Pero a medida que uno reflexiona, piensa y se interroga: ¿por qué he de destruirme yo? ¿He de acabar en mi suicidio o aniquilamiento paulatino? Estaba equivocado; creía que la vida guardaba un significado; creía que después de esta vida habría algo más o, mejor dicho, no lo creía, pero quería creerlo, y queriendo creerlo llegué a convencerme de que creía. Tenía una idea preconcebida sobre la existencia humana y su sentido, y, si bien es cierto que esa idea nació con dudas, no lo fue menos el hecho de que fue creciendo gracias a que luché disipando esas sospechas, sospechas que, sin embargo, mi voz interior gritaba convencida de que no se trataba de tales sospechas, sino de evidencias, interior el mío que era sabedor de lo terco y obstinado que fui al persistir en el error, alimentándolo ¿por qué he de destruirme yo? Entonces me doy cuenta. Lo que he hecho al afirmar esa carencia de sentido vital no es dar un paso hacia el abismo de la autodestrucción, del aniquilamiento de mi vida, no; lo que he hecho es girar sobre mí mismo, y, una vez hecho, mirar con detenimiento lo que he dejado a mis espaldas: esos dogmas, esas ideas preconcebidas y no cuestionadas, todo lo que fui y en parte lo que soy; eso es lo que he de destruir, y luego, construir, construirme a partir de mi destrucción, pero destrucción interior, no arrancándome la vida, pues es ella pilar de todo.
Así pues, abandonando esos dogmas, deshaciéndome de esas ideas preconcebidas, doy un paso hacia un camino en el que se abren infinidad de alternativas: si esos dogmas e ideas constituían todo, pues eran los pilares de mi vida y por tanto la erigían a toda ella, una vez se desmoronan no quedan entonces más que ruinas; nada. Si no hay nada, todo está por construir. No obstante, esa creencia en un sentido trascendente de la vida, fuertemente arraigado en mí, ha dejado un hondo vacío en mi interior; es como si me hubieran arrancado de cuajo algo de mis entrañas, y siento entonces un profundo dolor que no se mitiga. El vacío, la nada, sigue ahí. Entonces caigo en la cuenta. Esa oquedad de mis entrañas, que anhela ser colmada por aquello que dé sentido a mi vida, puede ahora verse invadida por infinitas posibilidades, pues la vida ya no tiene un sentido absoluto, preconcebido, sino un sentido o significado a elegir por nosotros. Si no hay nada, todo está por construir. Si antes éramos meras creaciones adocenadas, ahora somos auténticos creadores, creadores de nosotros, de nuestra existencia, existencia a la que atribuimos sentido, a la que damos vida, vida que construimos sobre la base de lo que hemos destruido.