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Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.

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Ortónimo y heterónimo.

 

Ortónimo, heterónimo, pseudónimo. El pseudónimo atiende a la forma; ortónimo y heterónimo, en cambio, son más profundos, pues vienen referidos a la personalidad del autor. Como decimos, el pseudónimo se reduce a un nombre falso con el que uno, normalmente el autor, oculta el suyo verdadero, cualquiera que sea la intención con que se haga. Por su parte, el heterónimo es un autor ficticio, independiente al auténtico autor, pero creado por éste, y con una personalidad desgajada de la de su creador, con su propia visión e, incluso, con su propia biografía. Pues bien, al autor del autor, o dicho de otro modo, al autor auténtico, se le conoce como ortónimo. Resumiendo, autor ficticio: heterónimo; autor real: ortónimo.

 

Dicho esto, ¿quién es realmente el ortónimo? ¿cómo distinguimos al heterónimo del ortónimo? Porque no, no es fácil hacerlo. No siempre al menos. Y para ello, no nos quedemos en lo superficial, esto es, en un posible nombre que trace una línea divisoria entre quién es el autor ficticio y quién el autor real, sino en las personalidades que uno y otro encarnan, distintas entre sí. Porque que dos personas tengan idéntico nombre no las convierte en iguales, ni mucho menos.

 

Del mismo modo que podríamos decir que la obra de un autor, en un momento determinado, es representativa de su pensamiento, y, por tanto, de su personalidad en esa etapa de su vida, podríamos decir también que esa creación, en ese instante, es obra del ortónimo. Pero ¿y dentro de unos años? ¿hablamos de la misma persona, del mismo autor? ¿podremos hablar entonces de una conversión de esa obra escrita desde un ortónimo a un heterónimo? No, lo cierto es que no. Eso no sería más que una evolución del auténtico autor, del ortónimo. Para que podamos hablar de verdadero heterónimo, éste debe desdoblarse del ortónimo, contraponiéndose a él, surgiendo una personalidad independiente, autónoma.

 

Pero, ¿cómo sabemos que la obra que tenemos en nuestras manos ha sido escrita por el ortónimo y no por un heterónimo suyo? No lo sabemos. Eso sólo lo sabe el propio autor, y a veces, ni él mismo. En cualquier caso, si lo que tenemos en nuestras manos no es obra de un ortónimo, lo que sí sabemos con absoluta certeza es que el heterónimo es obra suya. Si el padre de una novela es un autor ficticio o heterónimo, el que engendró al padre de la novela, o lo que es lo mismo, el abuelo de la novela, es el autor real u ortónimo. Aún así, cabe otra pregunta ¿puede ser el ortónimo un heterónimo de otro ortónimo? 

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