Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
20/10/11
“¡Qué sería de mí sin mi rutina!” pensaba mientras volvía hacia su casa. En este camino de vuelta durante el que empezaba a terminarse el día, Falco, que parecía pasearse más por sus propios pensamientos que por la calle misma, fijó sus ojos , que hasta ese momento veían pero no observaban nada, en una figura, dándole un respingo el alma y un vuelco el corazón. Era ella, Soledad, que era para él como un mar nocturno de frías aguas, que entrañaban, sin embargo, unas cálidas y preciosas profundidades de agradable arrecife, como un profundo y pacífico mar azul de sosegadas aguas que arrullaba con su suave y relajante oleaje.
Falco apenas la conocía, pues no hacía mucho tiempo que se la habían presentado, sin embargo, a pesar de la escasa confianza que se supone que existía entre ambos, al estar junto a ella, sin saber por qué sólo con ella, sentía que su alma se encontraba acompañada, que dejaba de estar sola y taciturna, se sentía inusitadamente cómodo y conseguía alejar, durante el tiempo que contaba con su presencia, cualquier pensamiento aciago, desembarazándose de improviso de toda preocupación.
Soledad, que en aquel momento pasaba por la acera paralela a la de Falco, no se percató de la presencia de éste. Por su parte, Falco, perplejo, se quedó contemplando embelesado cómo iba distanciándose aquel mar de soledad, cómo, a medida que se alejaba su larga y fulgurante cabellera azabache, se oía cada vez más lejano el arrullador y suave susurro del oleaje.
Tras llegar estrepitosamente a su casa con el ánimo por las nubes y dejar mochila y demás en su cuarto, salió de su casa con una velocidad endiablada.
Era viernes, y como cualquier viernes por la tarde tras salir de sus clases vespertinas, se reunía en su asidua cafetería con su asiduo compañero de charlas.
LEÓN: ¡Te veo alegre; qué cosa más rara! –decía León mientras su compañero de charlas se disponía a sentarse enfrente suya-.
FALCO: Es viernes.
LEÓN: Pues todos los viernes no me traes esa cara… ¿nada nuevo? ¿Ninguna garrida moza que te haya levantado el…ánimo? –dijo con una sonrisa maliciosa.
FALCO: ¡Pero bueno! ¿Por qué tiene que ser “una garrida moza”?-responde preguntando, ruborizado.
LEÓN: porque te conozco, te conozco y sé que eres enamoradizo, enamoradizo hasta no poder más ¡Y porque se te ve el plumero!
FALCO: pues no lo entiendo…además, no soy enamoradizo…
LEÓN: Sí que lo eres.
FALCO: ¡Venga, chulo, pues demuéstralo, tú que sabes tanto, haz una lista de las afortunadas muchachas!
LEÓN: Anda, Falquito, déjate de chorradas y desembucha. Si en el fondo lo estás deseando…
FALCO: Qué va.
LEÓN: ¡Venga, si tarde o temprano me lo acabarás contando porque no sabrás con quién desahogarte de tus penas amorosas!
FALCO: En fin, serafín... – y suspira esbozando una resignada sonrisa- ¡Qué vamos a hacerle, ocultar los estados de ánimo nunca ha sido mi punto fuerte!
LEÓN: Sí, en eso estamos totalmente de acuerdo…Bueno, tío–dice cambiando de tono-, cuenta, anda, cuenta...