Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Una alegre quimera, pero eso, quimera, humo. Una insulsa realidad, pero eso, realidad, fuego. Y ese humo que emana del fuego, asciende, desaparece, se esfuma, como un sueño. Mientras haya fuego, habrá humo. Pero ese humo, eso peculiar humo que ahora brota de esa ardorosa llama, anhelante, se revuelve y pasea alrededor suya, no termina por extinguirse. Y la pequeña llama se tambalea, tiembla. Y se le antoja próxima la desaparición de aquel quimérico humo, gracioso y revoltoso, cándido. Pues al fin y al cabo, como bien sabe la ardiente llama, es humo, y como los demás que de él nacían, terminan por perderse; era su naturaleza.