Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Allí, en aquella plaza, en verano, por la noche, sentado en aquella romántica y animosa terraza, iluminada ésta por las mortecinas luces de las farolas, que dotaban a la terraza de una atmósfera acogedora, íntima. Refrescaba. Arriba brillaban las estrellas en una noche prácticamente despejada, con una luna menguante, tapada esporádicamente con el paso de alguna que otra nube perdida, y de fondo, una sensual melodía, como hawaina, lenta, suave...Y allí estaba ella, sentada, con sus revoltosas amigas que no paraban de hablar, parecían gallinas cacareando; con su fino y blanco vestido, que dejaba entrever el contorno de su delicada y sinuosa figura; su larga y lisa cabellera de oro, su tersa y pálida tez; su preciosa sonrisa, con dientes como perlas; sus rosáceos y dulces labios, y sus cautivadores ojos, azules, como el bello e insondable mar que se divisaba en el horizonte, reverberando sobre su superficie la luz de la luna.
Y él, embelesado. Como él, ya se había derretido el hielo de su copa e ignoraba todo cuanto decía su compañero, sentado a su vera. "¿Qué te pasa? estás en la parra" decía él.
-¿Sabes quién es esa...buena moza? dijo en tono jocoso a su amigo.
-¿Qué, te mueres por sus huesos, no, picarón? Ahora que lo dices, sí, la conozco, no en persona, pero no sé, he oído hablar de ella y eso en la universidad. Se llama Marina, creo.
-Marina...le va que ni pintado, con esos ojazos azules como el mar...
-¡Bribón!-dijo su amigo con una sonrisa- la verdad es que es preciosa, pero vamos, que la chatunga que tiene al lado...tú sabes, no es para hacerle ascos.
-¡Bah! por favor, no compares...
Tras el retahílo de piropos hacia la bella joven, ésta y sus amigas (ajenas a todo cuanto sucedía en la mesa contigua) se levantaron y se fueron. Él y Benjamín, Benjamín por hastío, y Antonio, arrastrado por su impetuoso e irreflexivo corazón, las seguieron, como un par de degenerados y lúbricos crápulas.