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Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.

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Afirmarse en la contradicción.

 

De veras creo que no existe nadie, al menos de puertas para adentro, donde se cierra con pestillo la puerta de la conciencia propia, que diga no tener una contradicción o lucha interna. Esas luchas íntimas normalmente por ser tales no se airean lo más mínimo, ni mucho menos se gritan a los cuatro vientos; el grito, de producirse, se produce dentro de nosotros mismos, hondo y silencioso, más desgarrador que cualquier otro grito estentóreo, porque con aquél, a diferencia de éste, retumban las paredes del alma. Sin embargo, lo común y ordinario es dar por zanjados esos combates encarnizados  y decantarse interesadamente por alguno de los dos bandos o, incluso, acallar la propia conciencia desertando de la batalla, y huir, huir...

 

Hay individuos que no pueden evitar hacerse preguntas, preguntas que emanan de algún lado recóndito y que, muchas veces, quizás sin querer, echan por tierra toda una creencia que se pensaba estaba fuertemente arraigada en uno mismo. Ese calambre, ese golpe sangrante que se siente cuando la pregunta, a modo de daga punzante, irrumpe de la nada en la sesera, produce ese efecto doloroso que deja agrias secuelas. No obstante, con el transcurso del tiempo, cuando uno ya ha digerido ese crudo y descarnado revés de mano cadavérica, ya con la cabeza fría y bien dispuesta, se percata de que esa esquelética mano, de áspero tacto, no le asestó, aunque así lo sintiera, una puñalada trapera, pues lo que hizo no fue sino retirar una simple venda de unos ojos que, enmohecidos, no soportaron el destello de lo que había afuera.

 

Una vez se asimila lo ocurrido y nuestros antiguos dogmas, antes inquebrantables, ya no son más que despojos que dejamos tras nuestros pasos, es cuando asumimos esas luchas íntimas que nos llevan a contradecirnos a nosotros mismos. No es resignación, tampoco bipolaridad, ni mucho menos indecisión, más bien al contrario, es tomar una resolución firme que no es otra que afirmarse a sí mismo plenamente, con todo lo que ello conlleva, sin máscaras ni ornamentos, sin convencionalismos, desnudo; es valentía.

 

Lucha interna

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