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Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.

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Latente.

 

En una sola palabra podría resumirse el estado de toda esa amalgama de sensaciones y sentimientos que solían impregnar mi rutina por aquel tiempo, un tiempo de ilusión pueril pero feliz: Latente. Y digo latente porque todo aquello que una vez me inspiró y llenó de vida, de improviso, sin avisar, se apagó. Pero fue tal la huella que su luz grabó en mí, que las cenizas de ese optimismo y ardor inusitado, inefable, estaban, en cualquier momento, a un paso de arder y encenderse, de brillar como ya hicieran una vez. Latente porque una sola chispa era suficiente para prender la mecha y que reavivaran, revivieran  y despertaran del sueño las llamas de aquel fuego que durante un tiempo no fueron más que unas melancólicas ruinas de cenizas. Saltada la chispa, prendida la mecha, todo ese revoltijo de sentimientos y sensaciones se hicieron patentes, porque estar siempre habían estado ahí, sólo que agazapados en un oscuro y recóndito rincón de mi alma. Latente o patente, apagada o encendida, esa llama, esa pasión vehemente, siempre estaría dentro de mí, indeleble, grabada a fuego en mi piel. Ella toda tendría reservado para siempre un lugar en mi alma.

 

Esa llama que arde; nunca es tarde;

esa llama, que en sueños me llama...

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