Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
¡Qué buenos son todos aquellos que hacen buenas obras! ¡Su obrar les define! Sí, yo, totalmente de acuerdo. Por supuesto que es lo mismo el obrar ayudando a uno movido por la vanidad, envaneciéndose y sintiéndose admirado por lo bondadoso de su acción, que el obrar ayudando a uno movido por la generosidad, por amor. Es lo mismo, sin duda. Lo mismo es alimentar el orgullo que alimentar la abnegación.
Si dos personas actúan de la misma forma, pero la intención es diametralmente opuesta la una de la otra, una hacia dentro y egoísta –vanidad- y otra hacia fuera y altruista –abnegación- , bajo mi subjetivo y quizás erróneo punto de vista, el valor de la acción en cuestión no es la misma. Si uno ayuda a una anciana a cruzar la carretera para sentirse admirado por todos los que están a su alrededor, para sentir cómo le tiran flores imaginarias…para mí, esa acción, no tiene ni un ápice de valor. En cambio, si se hace desinteresadamente, por el simple hecho de querer ayudar, sin pensar en recibir nada a cambio, ni espiritual ni material, tiene todo el valor posible que pudiera tener la acción, pues, a diferencia del otro caso, a la buena acción le acompaña buena intención. En el caso de ser la acción buena y mala la intención, o no mala, pero sí egoísta, lo que se contradice con la acción, que es generosa en este caso, la intención desvirtúa y pervierte la acción. Por lo tanto, es mejor, bajo mi subjetivo y quizás erróneo punto de vista, no obrar si la intención que acompaña a la acción no coincide con la virtud de ésta, es decir, si la virtud de la acción es la generosidad, la intención con la que se hace no puede ser egoísta.
Está claro entonces que la acción es lo que se ve, es decir, la apariencia visible, y la intención, lo que invisiblemente pero realmente es, bien pudiendo confirmar ésta a aquélla si la virtud coincide, o bien contagiando la intención a la acción, pervirtiéndola. Es por ello que, en cierta forma, la intención define y da auténtico valor a la acción. Así que la intención define la acción y la acción define al hombre, por lo que sería más correcto decir que la intención define al hombre, pues es lo espiritual lo que lo define –la intención, invisible- y no lo material –la acción, visible-. Lo material -la acción-, es la forma, lo que se ve, es algo vacuo, está falto de contenido; lo espiritual -la intención-, es el relleno, lo que no se ve, el contenido, lo que tiene valor. Es como en el caso de una palabra, hay un significado, un contenido, pero un contenido, por ser contenido, necesita ser contenido en algo que sea símbolo, por lo que necesita una representación para poder mostrar el contenido, eso es el significante, pero independientemente de cómo sea el significante, pues esa parte nos la inventamos, lo importante no es eso, sino el significado que se le atribuye a ese sonido. Por eso, a veces, las apariencias engañan.