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Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.

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"La verdad es la subjetividad".

“Uno no es consciente de la culpa porque peca, sino que peca porque es consciente de la culpa”, eso decía el filósofo danés Sorën Kierkegaard. Bajo esta afirmación subyace a mi modo de entender otra: “la verdad es la subjetividad”.

 

Muchas veces, por percibir lo que nos rodea desde nosotros mismos, es decir, desde nuestra subjetiva 220px-Kierkegaard.jpgperspectiva, no nos percatamos de matices que otros sí tienen en cuenta, y viceversa. De tal modo, “cada uno es cada uno”, y aun encontrándose dos personas  mirando una misma cosa, ambas, en cambio, no perciben lo mismo, pues  interpretan esa cosa según su propia experiencia, circunstancia, contexto, etc., esto es, para  esas dos personas esa “cosa” les sugiere o evoca algo diferente. Y esta idea, por otro lado obvia, alcanza a todo. Con esto de  “idea” me refiero a la consciencia respecto a la culpabilidad y el pecado a que me refería al principio, pero entendiendo este último, el pecado, no en sentido estricto, sino en otro más genérico: acción reprochable, mala acción... Pongamos un ejemplo práctico: Hay tres personajes. Uno se llama Fulanito y otro Menganito. El tercero, del que sabemos de él indirectamente, se llama Pinganillo. El caso es que Pinganillo, que tanto Fulanito como Menganito conocen, pero con el que tienen, por no decir nula, una escasa relación, llama a Fulanito al móvil. A Fulanito le extraña la llamada hasta el punto de que piensa que se ha equivocado y que,  de no ser así, insistiría y llamaría de nuevo. Por tanto no concede importancia al asunto y lo da por zanjado. Posteriormente, Pinganillo llama por lo que fuere a Menganito y le comenta su previa  llamada a Fulanito, no respondida como sabemos. Tras esto, Menganito advierte de ello a Fulanito y le recrimina que, tras haber visto la llamada perdida de Pinganillo, no hubiera llamado a éste para preguntarle qué quería. Pese a la explicación que Fulanito le da a Menganito de que entendía que se había equivocado, éste no la acepta y le dice de mala manera que es un maleducado y que  le ha sorprendido sobremanera su actitud. Fulanito, por su parte, pese a reconocer su error, pues había dado por hecho la equivocación de Pinganillo cuando en realidad tenía intención de hablar con él, entiende que su razonamiento es lógico y no siente (hablamos de su conciencia) que haya hecho nada malo en absoluto.

 

Por tanto vemos que ante un mismo hecho, tanto Fulanito como Menganito, tienen una percepción distinta del mismo, lo interpretan de distinto modo. Para uno esa omisión (no llamar a Pinganillo) es pecado, para el otro en cambio no. Por tanto, el hecho, que es el que merece recibir la calificación de pecado, es pasivo, lo activo y lo que da valor a un objeto es la conciencia. Y la conciencia es la que se relaciona con la culpa. En definitiva, la conciencia es activa y se relaciona con la culpa, y el hecho, por su parte, que es pasivo respecto a la conciencia, se relaciona con el pecado.  Por tanto un hecho en sí mismo no es pecado, pues es la conciencia la que lo hace merecer de tal consideración. “Uno no es consciente de la culpa porque peca, sino que peca porque es consciente de la culpa”. Ambas conciencias, las de Fulanito y Menganito, están en la verdad, en su verdad, porque la verdad de conciencia es subjetiva. Si no hay consciencia, no hay culpa.

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