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Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.

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El Cambio.

Normalmente a lo material, a lo tangible, le debe respaldar lo intangible. Lo que no puede ser es que se dé lo primero y no lo segundo. Para que cualquier acción sea de fondo auténtica, han de coincidir de manera que ambas partes resulten ser algo indisociable, de tal manera que sus fronteras se fundan y confundan,  que no seamos capaces de ver en ello una dicotomía, sino una unidad irreductible, sólida, sin resquicios o escisiones posibles. Una vez dicho esto, ahondemos en la cuestión de fondo, ya engarzaremos posteriormente esta idea, aún abstracta y difusa, con el verdadero asunto; asunto que ahora me dispongo a tratar.

 

¿Qué está ocurriendo?, ¿dónde estamos? A mi juicio es claro, y es que en España hemos llegado a un punto en que ejercemos el derecho de sufragio, no ya para aquella alternativa que se considera “buena” para el país, sino para lo menos “malo”. Y hablo de lo que se percibe, se huele, se siente en la calle. E incluso hay muchos para los que dicha elección –a quién voto- no es fruto de la disyuntiva que se plantea como consecuencia  de esa contraposición simplista que hago de lo bueno o malo para el país, sino que atiende a otros intereses, intereses que para empezar acaban con cualquier disyuntiva, pues la elección viene dada de antemano: lo primero es su sustento, y hasta aquí nada nuevo, el problema es cuando dicho sustento depende del partido de turno, con lo que no conviene que éste “caiga del poder”. En estos casos en que hablamos de voto cautivo, ¿podemos afirmar que estos individuos gozan de verdadera libertad?

 

Y si nos desenvolvemos en un sistema en que no se vota a lo que se valora como “mejor”, sino como lo menos malo, o peor si cabe, si vivimos en un sistema en el que muchos depositan la papeleta en la urna de quienes los alimentan, hagan lo que hagan, porque “con la comida no se juega”, algo falla. Por tanto, un sistema de elección negativa, por descarte, en el que muchos votos están cautivos, y en el que los que actúan sobre él –la casta política- trabajan principalmente para acumular y mantener recelosamente sus prebendas, siendo lo demás subsidiario…no cabe duda de que está llamado al fracaso.

 

Y aquí entra en juego aquello a que me refería al principio con lo de las dos partes (tangible e intangible) que habían de concebirse como una sola. La legitimidad tangible –introducir el sobre en la urna, un hecho, algo material-, debe ir de la mano de la legitimidad intangible –verdadera aceptación, es decir, aprobación positiva, no negativa (por descarte), no cautiva de aquello que recibe el voto- . Sin legitimidad intangible puede haber una legitimidad que se considere válida a efectos prácticos-legales, pero lo cierto es que en la conciencia social no habrá una verdadera  legitimidad, una completa, una auténtica. Todo ello se refleja de manera ostensible en el descontento social hacia la clase política, que se palpa cada vez más; descontento que se percibe desde hace tiempo pero que ahora, en momentos dramáticos y duros como en los que nos encontramos, se exacerba y encona más aún. Y junto a esto añadamos para colmo una crisis o decadencia de valores. Un panorama gris, no cabe duda, pero precisamente estos panoramas poco gratos son los que propician los cambios. Hay que aprovechar la coyuntura y acabar con este  Sistema autoritario y  revestido de democracia.

 

Pero claro, lo que tampoco podemos  es caer en el contumaz error de destruir por destruir, sin contar antes con un plan previo destinado a construir un Sistema legítimo en su vertiente intangible. Destruir sin más sería indudablemente irresponsable, pero aun teniendo un plan sólido y convincente, en el que se cree, ello no justifica  tampoco a que por tal motivo se disponga de total libertad para  derrumbar de una tacada y por entero a ese sistema que actualmente detenta el poder, porque con esa irresponsable modo de actuar dejaríamos sin Sistema alguno a la sociedad, y toda sociedad lo necesita;  en esto no hay discusión. Por tanto, lo que ha de hacerse es introducirse en ese Sistema lleno de malolientes cloacas, repleto de inmundicias, y limpiar sus tuberías, desde dentro, y si fuera necesario, cambiar sus infraestructuras, pero con sumo cuidado, paulatinamente, con mucho tiento, y todo ello guiado por un espíritu limpio y honesto, con unas ideas claras y firmes, que no claudiquen bajo ninguna presión y menos ante las bacterias que proliferan y pululan como peces en el agua en esas putrefactas cloacas.

 

Para ello, como digo, hemos de cambiar de mentalidad, porque lo que no puede ser es que veamos con buenos ojos esas tuberías llenas de mugre, de hecho ya no se hace, a la sociedad le repugna. El siguiente paso es tomar parte de manera activa, dejar a un lado ese concepto de político como si de un profesional se tratara, y pasar a ser el ciudadano el verdadero y auténtico político, asumiendo de manera más directa su responsabilidad política, su derecho y obligación de ser él mismo el que dirija su camino. Por supuesto que debe haber gente que esté en la primera fila del panorama político, que esté involucrada más activamente, eso no se pone en tela de juicio en absoluto, tan sólo se pide que la persona, el ciudadano de a pie, que es al fin y al cabo el que debe ostentar el poder, no quede relegado al más absoluto ostracismo político una vez deposita su sobre en la urna, sino que participe, que tome parte, se involucre o, mejor dicho, que se le deje hacerlo. Pero repito, hemos de cambiar de mentalidad. Ahora es el momento.

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