Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
No sé si te habrás fijado en lo solo que se encuentra uno esos días de Carnaval entre las oleadas de la multitud. Esa soledad entre la muchedumbre es mucho mayor que la soledad en el bosque. Esto me hizo pensar en las mil torpezas que uno comete: en la estirilidad de mi vida. <<Me voy a consumir -me dije- en una actividad de ratoncillo; voy a terminar en ser un profesor, una especia de institutriz inglesa. No; eso nunca. Hay que buscar una ocasión y un fin para enmanciparse de esta existencia mezquina, y si no, lanzarse a la vida trágica.>> Pensé también en que era muy posible que la ocasión hubiese pasado ante mí sin que yo supiese aprovecharme de ella (...).
<<Se necesita más voluntad para vencer los detalles que aparecen a cada instante que para hacer un gran sacrificio o para tener un momento de abnegación.>> Los momentos sublimes, los actos heroicos, son más bien actos de exaltación de la inteligencia que de la voluntad; yo me he sentido siempre capaz de hacer una gran cosa, de tomar una trinchera, de defender una barricada, de ir al Polo Norte; pero ¿sería capaz de llevar a cabo una obra diaria, de pequeñas molestias y de fastidios cotidianos? Sí, me dije a mí mismo, y decidido me metí entre las máscaras, y volví a Madrid mientras los demás alborotaban.