Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Recuerdo que estaba sosteniendo la posibilidad de reírse uno con amargura. La réplica fue escueta, cerrada, sentenciosa "reírse con amargura no es reírse". Pero así lo vería él, que tendría, con toda seguridad, un concepto de reír bien distinto al mío. La risa es, normalmente, el efecto de una causa de naturaleza subjetivamente cómica, y recalco esto último, lo de la subjetividad, pues no todo el mundo enfoca la realidad desde una misma perspectiva ni repara en todas las circunstancias que rodean al suceso que provoca la risa y, por tanto, no todo el mundo adopta ese ánimo cómico, probablemente porque no ha sido lo suficientemente agudo ni perspicaz.
Lo contradictorio, y lo que le pudo resultar chocante, es aquello de aunar y mezclar, de manera que sea compatible y formen una sola unidad, dos sustancias aparentemente irreconciliables, la amargura y el humor, éste último, el desencadenante de la risa (pues, como se insinuó más arriba, la realidad externa no es cómica, no tiene adjetivos, los adjetivos se los ponen los sujetos, y, en este caso, el adjetivo cómico sólo podrá ser atribuido a la realidad por aquel sujeto que, habiéndose puesto las lentes adecuadas, se ha percatado de lo cómico que encierra esa realidad externa).
Retornemos al meollo del asunto. Pues bien, para él, humor y amargura eran incompatibles, ¿por qué? al parecer porque son de naturaleza opuesta. Yo no creo que sea opuesta, simplemente son de naturaleza distinta, y, si bien es cierto que su mezcla podría resultar extravagante para un paladar tosco y poco curtido en estos menesteres, no lo es menos que su carácter peculiar, lo que le otorga valor, reside en esa apariencia de contradicción. Podría decirse que ese cóctel en el que uno agita la amargura y el humor sólo está hecho para paladares refinados, y únicamente estos paladares saben apreciar su sabor.
Al cóctel, a ese cóctel de extraña mezcolanza para algunos, es al que yo llamo ironía. Por eso, ante su escepticismo, actitud que a menudo adopto, no pude sino decir: "Pues díselo a mi ironía, que más de una vez mezcla humor con amargura, y según tú, ella no existe; menuda desilusión se va a llevar".
Por eso, porque me gusta el repentino y súbito contraste de sabores, a menudo me recomiendo y encomiendo aquello de dar la vuelta a la tortilla; de este modo logro extraer de lo amargo de la vida ciertas dosis de humor que lo haga todo más llevadero. Es, al fin y al cabo, reírse de la vida.