Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Una amalgama de odio, tanto interno como externo, amor, rechazo, asco, impotencia, rabia, desazón, amargura...Un cóctel ambiguo en el que no predomina un ingrediente más que otro o que, predominando alguno, es tanta la variedad de especias de que dispone que no sabe uno cómo apañárselas para encontrar el que subyace con más fuerza entre tan abigarrada y variopinta mezcla. Lo que está claro es que esta extravagante mezcolanza con un claro toque de acíbar no deja buen sabor de boca al que se dispone a degustarla. Quizás ese toque amargo sea fruto del predominio de la amargura, es decir, lo amargo de sentimiento es lo que sugiere lo amargo de sazón en este cóctel. Lo complejo de esta curiosa potingue es que cada ingrediente son sensaciones, sentimientos, emociones, y cada sensación, cada sentimiento, cada emoción, proviene de alguna fuente. Y lo cierto es que todo ese conglomerado de componentes procede de una misma fuente.