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Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.

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Jocundo crepúsculo.

Era por la tarde, el horizonte tenía ya una fina línea anaranjada que se iba difuminando, adquiriendo a trechos tonos más violáceos, terminando en celeste. La terraza, que miraba al mar, tenía forma rectangular,y se dividía, a su vez, en otros dos de menor tamaño, dotando a la terraza de dos ambientes: uno, en el que nos sentamos, con una moqueta de césped artificial y mesas altas, pequeñas, con sillas de plástico; y otro que, separándose del anterior ambiente por finas cortinas blancas y transparentes, presentaban mesas alargadas y bajas de cristal, modernas, así como sillones y sofás del mismo estilo blancos; éste último ambiente era más atractivo, sobre todo de noche.

 

Mientras mis compañeros de mesa abrían y ponían sobre la mesa sus respectivos portátiles, pues en aquel sitio tenían conexión wi-fi, yo me fijé en una muchacha rubia que, por sus facciones, era extranjera, pero sin poder determinar de primeras y con seguridad su procedencia. Estaba sentada en el mismo ambiente que el nuestro, detrás de la mesa que, desde mi lugar, quedaba delante mía, mesa precedente ésta en la que se encontraban cuatro chavalas de buen ver y un joven con brazos de gorila y gafas de sol plateadas sobre su rapada cabeza; éste último sujeto quedaba relegado al ostracismo, pues era totalmente ajeno a la conversación que habían entablado las féminas y se limitaba a observar el resto de mesas. La chica rubia quedaba detrás de estos cinco; sin embargo, podía contemplarla. Sus orejas estaban cubiertas por unos cascos que se comunicaban los de una oreja con los de otra por una especie de diadema que pasaba por su rubia, larga y lisa cabellera; cabellera ésta que presentaba algún que otro mechón castaño. Estaba sola; sin embargo, hablaba mirando a la pantalla de su portátil; sin duda estaba comunicándose por webcam con alguien, y los cascos, cómo no, le servían para escuchar, sólo ella, a quien estuviera tras la pantalla. Durante la conversación que mantenía, pude apreciar cómo de su boca salía la palabra "plage", acompañada ésta por un mohín con el que señalaba, con su brazo, la playa, que se apreciaba perfectamente desde allí. Era de tez pálida pero rozagante, con pómulos marcados, ojos azules con largas pestañas, labios rosáceos y voluptuosos, y una pequeña, simpática y respingona nariz. Llevaba un vestido celeste sujeto por las axilas, dejando, sensualmente, los hombros al descubierto, así como una sonrisa permanente que hacía creer que por todos y cada uno de los poros de su delicada y blanca piel sólo rezumaba alegría, optimismo. Llamó al camarero y, tras acudir éste, con confianza, hizo que, arrimándose a la pantalla del portátil, saludara a quien estuviera tras ésta que, por estar fino de oído, pude dilucidar finalmente de quién se trataba: su hermana, ya que pude entender únicamente esa palabra, "hermana", dicha por ella en español con su  magnético acento, que, sin duda, era francés.

 

Poco tiempo después, cuando ya era prácticamente de noche y comenzaron a alumbrar las pocas y mortecinas farolas que por allí habían, el camarero le sirvió algo, una bebida que, por lo que lograba distinguir desde mi sitio, tenía tropezones que se mantenían a flote en el ancho vaso, probalemente era hielo, probablemente era limón, no lo sé. El vaso iba acompañado de una pajita. Cada vez que absorbía de ésta, fruncía graciosamente el ceño, como si estuviera enfadada. También cogía la pajita y, a modo de cuchara, horizontalmente, recogía con ella lo que podía de lo que supuse que era hielo triturado, pasándoselo luego a los labios sutilmente. Más de alguna vez se percató de que la observaba cuando efectuaba algunas de estas maniobras que tanto me embelesaban, pero inmediatamente desviaba la mirada y seguía su conversación fraternal.

 

 

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