Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Estamos enfermos, pero padecemos una enfermedad no ya superficial, sino de extrema gravedad; es una cuestión a vida o muerte. Por tanto, la solución no es poner unas coquetas tiritas, ni tan siquiera tomar un algodón humedecido con alcohol con que frotar pomposamenteo sobre una leve llaga, irrelevante para la salud del paciente pero que, sin embargo, y para colmo, lo hace retorcerse y ge
mir de dolor.
La cuestión a tratar no es superficial, sino de fondo. Hay que realizar una operación a corazón abierto, llevar el paciente al quirófano y, una vez allí, tomar el escalpelo para extirpar cuanto antes el tumor, un tumor que se extiende inexorable, arraigado firmemente en las entrañas del maltrecho y moribundo enfermo. La operación es acuciante, requiere celeridad y buen pulso, firmeza. Por cada segundo que pasa, la enfermedad agrava su salud. La intervención quirúrgica se hace obligatoria, en caso de que así no sea, el enfermo tiene todas las de perder, su vida está en juego. Y aunque es su vida la que corre peligro y ha de ser su entereza y sangre fría parte de la cura, bien es cierto que también está su vida en manos de su cuidador y curador, que es a su vez su cirujano, el encargado de la operación, el cual, como continúe esa dinámica fatal de tratar heridas de cierta enjundia pero no cruciales, y por tanto eludiendo el tumor y desviando la atención de lo verdaderamente importante, puede acabar con la muerte agónica de aquel al que atiende.
Quizás esa indecisión se deba a su incapacidad de reconocer su negligencia, pues ese tumor es fruto de su irresponsabilidad en gran medida, de no aconsejar y llevar al paciente por el buen camino, de no recetarle lo que debía, y de no hacer él, por su parte, su trabajo de manera altruista y desinteresada, responsable, y además, por si fuera poco, para salir del paso, desentendiéndose de aquel al que le debe su realización personal y atendiendo prácticamente de manera única y sin remordimiento a su propio interés y disfrute. De tal forma que hay que intervenir al paciente y estirpar el tumor cuanto antes y, como consecuente muestra de ello, de ese sincero compromiso, su cirujano, el mismo que le interviene y que en gran parte tiene culpa de lo que le sucede, ha de renunciar, además, a todo aquello, suyo y de él, que ha propiciado esa traumática situación, así como tomar las medidas para que no vuelva ocurrir. Pero ante todo, tiene que centrarse en el tumor, el verdadero problema, que no se ve, pero no por ello no se conoce y se palpa, y menos para quien es sabedor y primer responsable de la causa.