Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Entre lo apolíneo y dionisíaco me encuentro, entre los belicosos extremos contrapuestos que me aturrullan y me turban, que se alternan en el control de mí mismo y hacen que me sitúe en el puente de la confusión, en la incertidumbre, en la indecisión. Y soy yo quien en medio está, soy yo quien está en continua disputa, soy yo quien está luchando contra el exceso de uno, contra la escasez de otro, contra el dominio de uno, la subordinación de otro. Soy yo quien está luchando para la paz, para mi paz, mi paz interior. Soy yo, soy yo un agonista, un guerrero, un luchador, con mis derrotas y mis victorias, y con mis retiradas oportunas y mi resurgir de mis cenizas; todo ello conforma mi agonismo. Soy un iracundo y sufrido pesimista que lucha. Soy, al fin y al cabo, el prot-agonista de una historia en continuo devenir, soy, en definitiva, el principal luchador de una historia, de mi historia; soy el protagonista de mi vida.