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Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.

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¿Quién es Falco?

 

Falco tenía una personalidad ambivalente, un humor voluble, lo mismo pasaba de la simpatía a la antipatía, de la timidez al atrevimiento, de lo razonable a lo radical; variaba de uno a otro lado con relativa facilidad. En definitiva, tenía un humor sensible, como él mismo. Por su mudable personalidad, en los trechos en que  ésta se mostraba irascible o malhumorada  -que todo hay que decirlo, no eran pocos-  sólo solía estar solo, ¿ sólo estar solo? Sí, porque se limitaba a eso, a estar solo consigo, sin alguien o algo, ni tangible ni intangible, pues  no había pensamiento o acción –se quedaba en blanco- que acometiera en aquellos períodos transitorios; transitorios porque esos momentos de soledad eran un puente que permitían transitar desde lo antisocial a lo social, porque sí, sólo con la ausencia de lo segundo  y la presencia de lo primero, deseaba la ausencia de lo primero y la presencia de lo segundo. Lo deseaba y lo conseguía; deseaba y conseguía apreciar la presencia de su gente, o simplemente de gente. Pues, como anotaría en su cuaderno “lo que se aprecia, se aprecia cuando brilla por su ausencia.”

 

De tal forma que en estos períodos de transición, cuando Falco desaparecía de improviso, como un fantasma, pese a no saberse hacia dónde y cuándo lo había hecho, sí podía adivinarse en cambio con quién, su asidua compañera, la Soledad. Pues, sin haberse dado cuenta, era su compañera alternativa; aquella que le acompañaba en los “momentos de retraimiento con incipiente tendencia misántropa”, como diría León. Admiraba las cualidades de su compañera: era silenciosa, serena, pacífica, comprensiva, atractiva…con ella encontraba cierta paz interior, conseguía aislarse del mundo, restaurar el ánimo; era un bálsamo para el espíritu.

 

Sin duda, para él, su mayor lacra en la parcela de las relaciones sociales era su timidez, o mejor dicho, su inseguridad, pues es ésta  la que lleva a aquélla de la mano y no al revés. Su inseguridad también lo hacía algo pesimista, no porque realmente fuera pesimista, sino que pretendía  el creerse serlo para protegerse del soterrado y excesivo optimismo que ocupaba sus entrañas y que podía acabar por  resultar perjudicial y dañino. Y este pesimismo, más para prevenir de duros chascos que otra cosa, pues no era un pesimismo real, sino ficticio, artificial, pero que, sin embargo, acabaría por hacerle pensar de tal forma, a su vez lo hacía una persona adusta, a veces desabrida; “vamos, un amargado” llegaría a escribir. El caso es que la inseguridad ponía toda una maquinaria en funcionamiento y  era  ella el motor de este intrincado mecanismo de defensa, mecanismo que tenía por objetivo el  protegerle de los duros reveses que le asestara la vida. La inseguridad hacía girar el engranaje del pesimismo, y el girar de éste, al encajar con los dientes del engranaje de la amargura, acababa por hacer rotar a su vez a ésta, dando cuerda a la maquinaria de su personalidad. Pero cambiar el motor a esas alturas…tan arraigado ya en su personalidad, inherente ya a ésta…era ardua tarea.

 

Falco tenía una tendencia existencialista y, como no podía ser de otra forma, el tema por excelencia y al que en  la mayoría de las ocasiones se entregaban sus elucubraciones por entero, el sentido de la vida, al que a veces creía encontrar y al que a veces sabía extinto. Le gustaba pensar, reflexionar, le apasionaba las distintas formas de pensar de muchos pensadores, de muchos filósofos, fueran o no coetáneos a él, fueran de la época que fueran. Tenía por costumbre el leer sobre ciertos pensadores en cantidad, pero no en calidad, así pues, lo hacía de forma superficial y somera, no en profundidad, pues prefería que la lectura fuera sugestiva, una lectura que no expusiese algo por completo y cerrado sino que sugiriera ideas abiertas a partir de las cuales él pudiera derivar en otras, a través de las que poder inspirarse. Quería desarrollar ideas propias, válidas para él, con las que sentirse pleno, realizado, pero para ello tenía que partir de una base, que era ésa, una lectura sugestiva. Tenía la suerte de tener un amigo o, como sería más correcto, compañero de tertulias, pues su relación era más de aprecio intelectual que de amistad, era más de respeto que de cariño. Este compañero de tertulias filosóficas era de personalidad más fuerte y segura que Falco, lo cual, y a decir verdad, no era difícil; le importaba poco o nada lo que los demás pensaran de él o de su forma de ser, la cual, a veces, podía resultar algo pedante, sobre todo si no se le conocía y se dejaba uno llevar por la primera impresión. Lo cierto es que le era indiferente la opinión que el resto tuviera sobre él, “Yo soy como soy, que te gusta, bien, que no, pues me dejas, como las lentejas”; en cambio, Falco tenía un intenso sentido del ridículo que, por fortuna, en los últimos tiempos, quizás por la cada vez más asidua compañía de León así como  por la progresiva y paulatina adquisición de experiencia, había ido a menos. Siempre solían reunirse en una cafetería para echar una buena parrafada con que intercambiar puntos de vista. Estas tertulias complacían y resultaban de lo más agradable a ambos. Aquel día era grisáceo, llovía,  y con una incómoda y pegajosa humedad que calaba los huesos, se sentaron frente a frente. La  mesa pegaba con la cristalera que cubría la cafetería, permitiendo observar el acelerado caminar de la gente con paraguas en mano, entonces, tras pedir cada uno, comenzaron a hablar.

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