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Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.

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El cuento de Oiram y Dadeisna. 1ª parte.

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Erase una vez un niño llamado Oiram que tenía por amiga a Dadeisna. Oiram, un niño muy creativo y lleno de imaginación, no recordaba desde cuándo los lazos de la amistad le unían con Dadeisna, una niña exigente y manipuladora. Oiram se figuraba que ella estaba junto a él por algún designio divino, desconocía cuál, pero confiaba en que, con un paso firme y con pequeñas molestias diarias, algo bueno le esperaba al final del camino. No obstante, por desgracia para el pequeño Oiram, desde muy temprano su relación con Dadeisna, lejos de transitar por los plácidos derroteros que prometía, se desvío por una sinuosa y escabrosa senda.

 

Dadeisna era muy posesiva, tanto como que era capaz de entorpecer y dificultar el afán de Oiram de hacer nuevas amistades para así mantenerlo más fácilmente entre sus garras. También solía susurrar al oído del cándido Oiram palabras con las que conseguía infundirle temor e inquietud y que, dada la punzante insistencia de Dadeisna, terminaron por penetrar y cristalizar en la cabeza de Oiram. Pero sobre todo, Dadeisna no paraba de murmurarle, con voz dulce pero de empozoñada saliva, mentiras que lograban distorsionar la realidad de Oiram y que hacían ver a éste cosas que no se correspondían con la verdad por él vivida. Esa manipulada realidad tejida por Dadeisna se fundía y confundía en la cabeza de Oiram con la realidad que él percibía hasta tal punto que tenía serias dificultades para distinguir los pensamientos propios de los imbuidos por Dadeisna. Ante todas estas zancadillas y sus correspondientes caídas, ya fuera cuando tocara superar esos temores o cuando tuviese que decidir si había de guiarse por sus pensamientos o por los de Dadeisma, Oiram necesitaba a alguien que le extendiera el brazo para incorporarse, y cómo no, allí siempre estaba Dadeisna, tanto para poner la zancadilla como para extender el brazo tras la caída. De este modo, Dadeisna le inyectaba a Oiram el veneno de manera subrepticia al tiempo que le ofrecía de forma ostentosa la cura de sus males, por lo que a ojos del inocente Oiram, Dadeisna no era la enfermedad, sino el remedio, afianzándose en él la idea de cuánto necesitaba a Dadeisna.

 

La cautela y perversa paciencia con que Dadeisna había tejido la laboriosa telaraña dio sus frutos; la presa, ya adherida a la suave pero mortífera seda de su depredador, había caído en la trampa...

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