Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Fueron unas horas de autocontrol sin precedentes, y sinceramente, me sentía seguro, me sentía yo plenamente, yo sin miedos, yo sin temores e inseguridades de ningún tipo. Me sentía alegre, con verdaderas ganas de vivir; absorbía cada instante, lo saboreaba. Sin embargo, si con tanta fuerza llegué a convertirme en un súper yo, con más fuerza retrocedí y acabé volviendo a lo que era, a lo que he sido siempre, de forma más enfermiza, de forma más cruel. Pero ya lo he probado, ya he probado qué se siente y me he dado cuenta de que hasta ahora no he sido más que un pobre guiñapo asustado. También me he dado cuenta de la debilidad de mi cabeza, de mi escasa voluntad. Y como no puedo quitar los cimientos así como así, pues se iría todo al garete, tengo que hacerlo por el tejado. Tengo que empezar la casa por el tejado; eso es lo que voy a hacer. Espero no volver a caer en lo mismo, en las misma y triste mediocridad de siempre, mediocridad de espíritu, de alma, de vida.