Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Hay algo que no puedo evitar que me produzca cierta rabia y es que es algo ya consolidado en nuestra mentalidad el encasillar a toda persona en un lugar u otro, o aquí o allí, por tan sólo expresar una idea o pensamiento suyo. Si dice tal, es estrictamente esto, si no, por descarte, lo opuesto. Claro ejemplo de esto ocurre cuando se habla de política, pues está también arraigada de manera contumaz en la metalidad de la sociedad que cuando de política se trata ésta acabe por extenderse e impregnar con colores u olores políticos asuntos de la vida que nada tienen que ver; ahora todo se politiza, o partiditiza, como se quiera ver. El caso, a lo que me quiero referir es que si uno defiende cualquier tesis, al parecer, obligatoriamente, por capricho de la rudimentaria y opresora sociedad, es de derechas, si no lo es, por descarte, de izquierdas, con el desprecio consiguiente que implica por parte de quien se sitúa en el otro lado, derecha o izquierda (uno se ubica en uno u otro lado por que quiere). Por tanto, ante la opinión de dicha persona, al asociarse ésta inconsciente y puerilmente con una u otra posición política o de otra diversa oposición análoga, acaba uno por hacer oídos sordos, no teniéndola en cuenta e ignorándola, lleno de prejuicios infundados.
Pero ahora yo digo, ¿no tenemos personalidad, no tenemos individualidad? Es decir, yo puedo opinar sobre determinado asunto tal cosa, y hasta ahí todo correcto, pero el problema es que por esa opinión mía, sobre un asunto muy concreto, ya me ponen un calificativo, o por el tono, diría yo que un descalificativo, una etiqueta con la que se simplifica hirientemente a una persona: "¿Él? él es de derechas/ izquierdas" como si ya estuviera dicho todo sobre esa persona, simplificándola de manera absurda, y como he dicho,con unos prejuicios, a mi parecer, repulsivos. Nadie debería de alienarse, de renunciar a su personalidad, no digo que no se comprometa junto con otros para la consecución de un fin determinado, sino que simplemente no renuncie a ese "yo" que es mucho más que un "yo" de derechas o izquierdas, por citar un ejemplo. Pero claro, en este sentido, el problema estriba en que es la propia sociedad llena de prejuicios y que cuenta con su loable capacidad de definir a las personas, como si fueran productos fabricados en masa y uniformes, la que contribuye sobremanera a que la individualidad del individuo, valga la redundancia, se esté echando a perder. Lo que con esto quiero decir, en definitiva, es que nos despojemos de esos perniciosos estereotipos con los que adscribimos a una persona a un movimiento u otro, pues tenemos que adscribir a esa persona a sí misma, tenemos que identificarla consigo misma, con su acervo vital, con ella misma y por tanto no en una abstracción despectiva carente de personalidad, sino en su individualidad.