Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.
Y allí estaba ella, a mi lado, junto a mí. Y yo, sintiendo el leve roce de su piel con la mía; sintiendo el calor de su cuerpo, que pasaba a ser el calor del mío. Estábamos tan cerca, tan juntos el uno del otro, que podía cerrar los ojos y, sintiéndola a mi lado, oler su dorada cabellera y a ella, su esencia. Me acercaba a ella lentamente, poco a poco, sin que se diera cuenta; la respiraba...Y su voz, esa dulce vocecilla que entraba por mis oídos, que fluía dentro de mí, que me hacía vibrar, sonreír. Y estos ojos, los míos, que tan mal ven pero que tan bien te ven…Ojos que te ven, corazón que siente; que no te ven, y se resiente. Ojos que ven tus ojos, tus ojazos azules, preñados de felicidad, de vida y de ese brillo especial que me encandilan.Y me falta un sentido, un sentido del que podría decir, en cierto modo, aunque no tenga “sentido”, que también a él le has dado alcance: el gusto; el gusto de estar contigo, de saborear cada instante que estoy a tu lado.