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Lo definiría como me definiría a mí mismo, pues aquí me vuelco yo, y aunque no por entero, sí queda mi impronta. Yo desde luego no me considero algo estático, algo que se encuentra anclado en unos estereotipos opresores, sino dinámico, en continua formación ¿Cómo me definiría entonces? como indefinido. Pues yo no me hago a mí mismo prisionero, cautivo en el habitáculo de las palabras, sino que son ellas mis compañeras, las confidentes terapéuticas de mi alma.

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Intrincado mecanismo de defensa.

 

Félix tenía, aparentemente, una personalidad bastante pesimista, pero sólo era eso, apariencia. Lo cierto es que este pesimismo no era más que un artificio al que él mismo había recurrido para esconder y parapetar tras de sí su verdadera forma de ser, que no era otra que una de un cándido optimismo. De esta forma, con este intrincado mecanismo de defensa, pretendía no llevarse un desilusionante chasco, pues su ingenuo optimismo le conducía a veces a ello, de ahí que guareciera su rostro optimista con un máscara pesimista, para no recibir duros golpes de improviso, para no ilusionarse en exceso, para, en definitiva, protegerse de lo pernicioso que podía resultar su verdadera y risueña personalidad. Este pesimismo le servía para ponerse en lo peor y prevenir cuanto de malo pudiera acontecer.

 

El motor de todo este entramado protector que le conducía a ser artificialmente pesimista, era, muy probablemente, su falta de confianza en sí mismo, y en cierta forma le ayudaba a ser prudente, cauto, pues dicha inseguridad le hacía pensar negativamente no sólo en su fortuna, sino también y muy especialmente con respecto a sí mismo, a que sería incapaz de llevar adelante alguna que otra empresa. Sin embargo, tanto había recurrido ya a este mecanismo por el que ocultaba su desmesurada esperanza que había terminado por pensar de forma pesimista, consolidándose esta forma de pensar y moldeando paulatinamente su forma de ser, haciéndola adusta, amargada, malhumorada. En definitiva, su inseguridad daba cuerda al pesimismo y hacía que éste hiciera ceder terreno a su optimismo, haciéndole ser más precavido y beneficiándole en este sentido, pero llegando a ser contraproducente por la nota de acíbar que ésta forma de pensar conllevaba y terminaba por impregnar su rutina, su vida.

 

Una banal prueba de ello, muestra de éste mecanismo, era, por ejemplo, cuando a Félix le decían en tono jocoso: "Félix, qué, por lo menos un 10, ¿no?" y él respondía: "pues no sé, la verdad es que este examen me ha salido regular, con aprobar me doy un canto en los dientes". Luego resultaba sacar, sino un nueve, un diez. Pero si pensaba de esta forma desde el principio y lograba persuadirse a sí mismo de ello, de que no le había salido bien, y el resultado del control resultaba  ser adverso, conseguía mitigar la decepción que éste le produjese, no afectándole tanto como en el caso de que se hubiera dejado llevar por su verdadero optimismo, ése que esconde tras la máscara y que no hubiera sido tan prudente.

 

 

 

 

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